Por: A.H.
Medellín, para quien no lo sabía, es la única ciudad del este país que cuenta con una club de Caníbales. Muchos de ustedes ya se estarán riendo y dirán “qué absurdo”, pero eso ya es una gran ventaja para nosotros, pues leerán esto como una simple serie de artículos, una mentira. El desocupado no perderá ocasión de escribir como comentario que esto es una estupidez, y que esta hermosa ciudad no sólo es habitada por antropófagos, sino también por matones, mujeres de mala vida, corruptos, etc. Pero de lo que sí estoy convencido es que muchos de ustedes serán dueños también de alguna parafilia tabú, que muchas veces sólo pueden practicar a solas. ¿No es así?
Foto: Pedro Meyer
Quiero demostrarles (aunque esta palabra tal vez sea exagerada) por qué creo que de alguna forma todos ustedes son como yo, pero la mayoría no tiene el suficiente valor para ceder al mezquino impulso de probar la carne humana. Comenzaré diciendo que mi nombre (el verdadero) es Amanda H., tengo 45 años y estoy casada con un arquitecto que también es un excelente padre, y si no me lo he devorado es por la simple razón de que no tengo necesidad.
Entremos en materia:
No hablaré de la antropofagia producto de la extreme hambruna o por práctica cultural arraigada, hablaré del canibalismo por amor, de mi, del club y la mafia que hay detrás de todo esto.
Primer mordisco:
Vasta con recordar dos casos que se hicieron ilustres gracias a que los periodistas supieron fabricar una telaraña mediática calificando a los victimarios de “vertías”. Los que tienen ya algunos años recordarán el caso del japonés Issei Sagawa, quien asesinó y comió al estilo ‘sushi’, en 1981 a sus 32 años, una compañera de estudio de la Sorbona, en París. Luego de propinarle un disparo en la cabeza le mordió una nalga, pero al notar que sólo hallaba grasa fue degustando cada parte del cuerpo hasta encontrar que, según él, la carne más sabrosa era la del cuello. Sagawa declararía para una entrevista, 20 años después: “También su lengua me pareció deliciosa. Se la arranqué de la boca y la mastiqué cruda. Ni en el cuello ni la lengua hay mucha carne; si lo que quieres es darte un festín, entonces debes acudir a los muslos”. Por supuesto, no puedes ir alimentándote por días un cuerpo sin descuartizarlo y meterlo en un congelador, como procedió el japonés luego.
Sagawa fue judicializado, pero poco después fue puesto libre y en la actualidad vive en Tokio dueño de una pequeña reputación con la que ha tenido oportunidad de redactar algunas novelas sobre el crimen, además de escribir críticas gastronómicas, pintar y concurrir como invitado a programas de T.V. sensacionalistas.
Según Sagawa sólo quería probar la carne de la mujer pero no matarla, pues la amaba en secreto. “Si a un hombre normal le gusta una chica, es natural que tenga deseos de verla a menudo, estar cerca de ella, besarla y percibir su olor, ¿no es cierto? Comer su carne es, para mí, una extensión de esos deseos”, afirmó.
Y es que este impulso ciego sin duda hace parte de nuestro lado más oscuro, no por nada solemos acudir a una metáfora análoga al asociar el hacer el amor con comer. Ya el escritor y pensador francés George Bataille, quiso conjurar este impulso afirmando que el canibalismo comenzaba en el beso. El creador de la obra maestra Historia del ojo, siguiendo a Freud, pensaba que la antropofagia es una expresión extrema del deseo y la agresividad hasta el punto de querer comer a la otra persona, porque se le desea, provocando a su vez en el acometedor, ya muerta la víctima, una mezcla de frustración y tristeza.
También está el caso del Alemán Armin Meiwea, un solitario del pueblo de Rotenburgo, quien en marzo de 2001 mató y descuartizo un hombre con el fin de fusionarse con él. Lo insólito del caso es que lo hizo con el consentimiento de su víctima, el experto en informática Bernd Brandes (quien había sido contactado por Internet), tal como lo afirmó el mismo Meiwea en su juicio, y tal como quedó registrado en el video que gravó en su casa, uno tan impactante que de las cuatro horas que duraba, los jueces sólo tuvieron las tripas de mirar 14 minutos.
Pocas veces se presenta un personaje tan singular como Bernd Brandes, quien pidió a su ansioso asesino que le cortara el pene, si era posible con los dientes, acto que Meiwea cumplió a medias porque terminó cercenándoselo con un cuchillo sin filo. Dos horas después Brandes moriría desangrado y con una frustrada satisfacción lunática: el dolor hecho placer no fue suficiente. “Luego de un quejido Brandes comenzó a reír al ver como su entrepierna parecía una fuente”, afirmó Meiwea.
Este caso puso patas arriba el sistema judicial Alemán porque no contaba con leyes contra el canibalismo. Primero se le condenó a siete años, pero estudios más profundos del macabro video demostraron que el hombre aún estaba vivo cuando Meiwea lo degolló, hecho que cambió la sentencia por la de cadena perpetua. La razón: asesinato. Los agravantes ya se los podrán imaginar.
“Siempre fui un hombre solitario, no tenía a nadie con quien tener una verdadera conexión, un amor, fue entonces cuando se me ocurrió que la única forma de tener siempre a alguien cerca era comiéndomelo”, aseguró Meiwea para un documental.
Hasta donde se sabe, estos dos hombres, Sagawa y Meiwea, sólo han llegado a cometer este acto una vez en sus vidas, acto impuesto por un impulso que se encuentra al margen de los límites primero de la razón, luego de la sociedad, uno del cual aseguran haber extraído un goce sexual que atraviesa los extramuros de la pasión hasta el éxtasis. Y yo los comprendo muy bien.
¿Pero quién puede desenredar la madeja del deseo alucinante, ese que todos hemos sentido en mayor o menor medida? Sólo hay conjeturas, y sin duda todas ellas tienen algo de verdad. Eros y Thanatos eternamente unidos con un solo fin: el goce del cuerpo sin importar por qué medios.
Ahora, ¿creen ustedes que es posible acusar a alguien de asesinato cuando ha sufrido el desequilibrio producto de la pasión? Platón, pasando por San Agustín y Erasmo de Rotterdam, Verlaine, Mallarmé, Schopenhauer y los surrealistas, cada uno a su modo (y sigan acomodando a los que ustedes quieran), ya pensaban que el amor y el deseo son una especie de locura.
Por supuesto no me refiero ni justifico a quienes asesinan a sus amantes o esposas, estos son hijos de una sociedad ya enferma, si no lo creen así averigüen la tortuosa y humillante niñez de Garavito, nuestro mayor asesino en serie, quien en algún momento, ya en prisión, dijo querer hacerse senador para luchar por los derechos de los niños. ¡Vaya locura!
¿Y yo? ¿Y el del Club Caníbal de Medellín? Tal vez lo primero que debe aprender un Caníbal es cómo desaparecer un cuerpo sin dejar rastros. De este club y de mi hablaré después. Y hasta daré oportunidad, a los interesados, que me contacten si quieren hacer parte.
En fin. Piensen que cerca estamos de devorar o ser devorados. Cuando le decimos a nuestra pareja (ahora sonara hilarante, pero en ese momento se pronuncian con gratitud), “Amor, estuviste como un tigre”, ya esta expresión es el reflejo, coqueto pero perverso, del deseo de ser comidas. Esa deliciosa fricción del sexo ya es para nosotras las mujeres un viaje de fuego que nos consume hacia la nada, a querer ser parte del otro, en ese único contacto, hecho de besos, mordiscos y dolor, hasta la muerte.
Otros le dirán a su pareja, con un gesto y un tono deliciosamente perverso: “Amor, te quiero comer a besos”.