miércoles 20 de abril de 2011

Amor propio

Capitulo de hermoso libro del escritor cubano Guillermo Caberar Infante, La Habana para un infante difunto:

foto:Miriam Gómez y Guillermo Cabrera Infante , por: Néstor Almendros

No voy a hablar del desmedido aprecio por uno mismo sino del amor bien entendido que, como la caridad, empieza por casa, por la casa del propio cuerpo: ese campo de batalla sexual en que tuve tempranos triunfos y en el que no sufrí una sola derrota. Hablo de la masturbación, esa que se llamó paja al principio (fue mucho después que vino a ser masturbación pero por mucho tiempo fue paja solamente y su ejercicio hacerse la paja), en ella, por ella, gracias a ella vencí mi soledad: nunca me sentí solo con mi mano y todavía recuerdo el momento de amor más imperecedero que sentí en mi vida el día, después de años de práctica pajera, en que en uno de los baños de Zulueta 408 yo solo con mi mano produje un instante que duró más de un instante, inmortalidad temporal, el lapso de tiempo que tomó la venida, demorada muchas veces, hecha interrupta como un coito, saliendo el pene de la mano, la mano soltando el pene en el último instante, hasta que la culminación se hizo avasallante y el hundirse del piso de cemento húmedo, logrando la desaparición del espacio (no más suelo, no más paredes, no más puerta, el techo elevándose miles de metros por encima de la ducha fundida y el cielo fue testigo), el momento hecho todo de tiempo, oyendo una canción en un radio lejano que sonó como debían sonar los sones celestiales, la música de las esferas, los acordes perfectos para un oído musical, hundiéndome, hundido, cayendo con las piernas aflojadas, cediendo bajo el torso (porque el vientre y el bajo vientre se habían volatilizado) pero la mano derecha existía todavía soldada a mis partes sólidas en ese momento -catedral de mi religión- y por cuya causa, plexo universal, dejaba de existir ahora todo el cuerpo, latiendo como un enorme corazón solitario que diera sus últimos latidos, temblando como carne con temblor postrero, estertores del yo, desaparecido el ser en el semen que iba a pegar en chorros espasmódicos contra la materializada puerta ahora metro y medio más allá, no sabiendo entonces que nunca después iba a sentir tan intenso eso que todavía no se llamaba orgasmo, la que era venida de venidas.

viernes 8 de abril de 2011

Amor canibalesco (parte I)

Por: A.H.
Medellín, para quien no lo sabía, es la única ciudad del este país que cuenta con una club de Caníbales. Muchos de ustedes ya se estarán riendo y dirán “qué absurdo”, pero eso ya es una gran ventaja para nosotros, pues leerán esto como una simple serie de artículos, una mentira. El desocupado no perderá ocasión de escribir como comentario que esto es una estupidez, y que esta hermosa ciudad no sólo es habitada por antropófagos, sino también por matones, mujeres de mala vida, corruptos, etc. Pero de lo que sí estoy convencido es que muchos de ustedes serán dueños también de alguna parafilia tabú, que muchas veces sólo pueden practicar a solas. ¿No es así?


Foto: Pedro Meyer

Quiero demostrarles (aunque esta palabra tal vez sea exagerada) por qué creo que de alguna forma todos ustedes son como yo, pero la mayoría no tiene el suficiente valor para ceder al mezquino impulso de probar la carne humana. Comenzaré diciendo que mi nombre (el verdadero) es Amanda H., tengo 45 años y estoy casada con un arquitecto que también es un excelente padre, y si no me lo he devorado es por la simple razón de que no tengo necesidad.

Entremos en materia:
No hablaré de la antropofagia producto de la extreme hambruna o por práctica cultural arraigada, hablaré del canibalismo por amor, de mi, del club y la mafia que hay detrás de todo esto.
Primer mordisco:
Vasta con recordar dos casos que se hicieron ilustres gracias a que los periodistas supieron fabricar una telaraña mediática calificando a los victimarios de “vertías”. Los que tienen ya algunos años recordarán el caso del japonés Issei Sagawa, quien asesinó y comió al estilo ‘sushi’, en 1981 a sus 32 años, una compañera de estudio de la Sorbona, en París. Luego de propinarle un disparo en la cabeza le mordió una nalga, pero al notar que sólo hallaba grasa fue degustando cada parte del cuerpo hasta encontrar que, según él, la carne más sabrosa era la del cuello. Sagawa declararía para una entrevista, 20 años después: “También su lengua me pareció deliciosa. Se la arranqué de la boca y la mastiqué cruda. Ni en el cuello ni la lengua hay mucha carne; si lo que quieres es darte un festín, entonces debes acudir a los muslos”. Por supuesto, no puedes ir alimentándote por días un cuerpo sin descuartizarlo y meterlo en un congelador, como procedió el japonés luego.

Sagawa fue judicializado, pero poco después fue puesto libre y en la actualidad vive en Tokio dueño de una pequeña reputación con la que ha tenido oportunidad de redactar algunas novelas sobre el crimen, además de escribir críticas gastronómicas, pintar y concurrir como invitado a programas de T.V. sensacionalistas.

Según Sagawa sólo quería probar la carne de la mujer pero no matarla, pues la amaba en secreto. “Si a un hombre normal le gusta una chica, es natural que tenga deseos de verla a menudo, estar cerca de ella, besarla y percibir su olor, ¿no es cierto? Comer su carne es, para mí, una extensión de esos deseos”, afirmó.

Y es que este impulso ciego sin duda hace parte de nuestro lado más oscuro, no por nada solemos acudir a una metáfora análoga al asociar el hacer el amor con comer. Ya el escritor y pensador francés George Bataille, quiso conjurar este impulso afirmando que el canibalismo comenzaba en el beso. El creador de la obra maestra Historia del ojo, siguiendo a Freud, pensaba que la antropofagia es una expresión extrema del deseo y la agresividad hasta el punto de querer comer a la otra persona, porque se le desea, provocando a su vez en el acometedor, ya muerta la víctima, una mezcla de frustración y tristeza.

También está el caso del Alemán Armin Meiwea, un solitario del pueblo de Rotenburgo, quien en marzo de 2001 mató y descuartizo un hombre con el fin de fusionarse con él. Lo insólito del caso es que lo hizo con el consentimiento de su víctima, el experto en informática Bernd Brandes (quien había sido contactado por Internet), tal como lo afirmó el mismo Meiwea en su juicio, y tal como quedó registrado en el video que gravó en su casa, uno tan impactante que de las cuatro horas que duraba, los jueces sólo tuvieron las tripas de mirar 14 minutos.

Pocas veces se presenta un personaje tan singular como Bernd Brandes, quien pidió a su ansioso asesino que le cortara el pene, si era posible con los dientes, acto que Meiwea cumplió a medias porque terminó cercenándoselo con un cuchillo sin filo. Dos horas después Brandes moriría desangrado y con una frustrada satisfacción lunática: el dolor hecho placer no fue suficiente. “Luego de un quejido Brandes comenzó a reír al ver como su entrepierna parecía una fuente”, afirmó Meiwea.

Este caso puso patas arriba el sistema judicial Alemán porque no contaba con leyes contra el canibalismo. Primero se le condenó a siete años, pero estudios más profundos del macabro video demostraron que el hombre aún estaba vivo cuando Meiwea lo degolló, hecho que cambió la sentencia por la de cadena perpetua. La razón: asesinato. Los agravantes ya se los podrán imaginar.

“Siempre fui un hombre solitario, no tenía a nadie con quien tener una verdadera conexión, un amor, fue entonces cuando se me ocurrió que la única forma de tener siempre a alguien cerca era comiéndomelo”, aseguró Meiwea para un documental.
Hasta donde se sabe, estos dos hombres, Sagawa y Meiwea, sólo han llegado a cometer este acto una vez en sus vidas, acto impuesto por un impulso que se encuentra al margen de los límites primero de la razón, luego de la sociedad, uno del cual aseguran haber extraído un goce sexual que atraviesa los extramuros de la pasión hasta el éxtasis. Y yo los comprendo muy bien.

¿Pero quién puede desenredar la madeja del deseo alucinante, ese que todos hemos sentido en mayor o menor medida? Sólo hay conjeturas, y sin duda todas ellas tienen algo de verdad. Eros y Thanatos eternamente unidos con un solo fin: el goce del cuerpo sin importar por qué medios.

Ahora, ¿creen ustedes que es posible acusar a alguien de asesinato cuando ha sufrido el desequilibrio producto de la pasión? Platón, pasando por San Agustín y Erasmo de Rotterdam, Verlaine, Mallarmé, Schopenhauer y los surrealistas, cada uno a su modo (y sigan acomodando a los que ustedes quieran), ya pensaban que el amor y el deseo son una especie de locura.

Por supuesto no me refiero ni justifico a quienes asesinan a sus amantes o esposas, estos son hijos de una sociedad ya enferma, si no lo creen así averigüen la tortuosa y humillante niñez de Garavito, nuestro mayor asesino en serie, quien en algún momento, ya en prisión, dijo querer hacerse senador para luchar por los derechos de los niños. ¡Vaya locura!

¿Y yo? ¿Y el del Club Caníbal de Medellín? Tal vez lo primero que debe aprender un Caníbal es cómo desaparecer un cuerpo sin dejar rastros. De este club y de mi hablaré después. Y hasta daré oportunidad, a los interesados, que me contacten si quieren hacer parte.

En fin. Piensen que cerca estamos de devorar o ser devorados. Cuando le decimos a nuestra pareja (ahora sonara hilarante, pero en ese momento se pronuncian con gratitud), “Amor, estuviste como un tigre”, ya esta expresión es el reflejo, coqueto pero perverso, del deseo de ser comidas. Esa deliciosa fricción del sexo ya es para nosotras las mujeres un viaje de fuego que nos consume hacia la nada, a querer ser parte del otro, en ese único contacto, hecho de besos, mordiscos y dolor, hasta la muerte.

Otros le dirán a su pareja, con un gesto y un tono deliciosamente perverso: “Amor, te quiero comer a besos”.

El pintor de la patria



Quienes lo llegaron a conocer en sus últimos años, describen a Pedro Nel Gómez como un hombre de voz débil, como si hablase para si mismo, y con una lucidez enciclopédica abrumadora. Sólo le importaba hablar de lo que en el momento lo tocaba, y en ese ir y venir de ideas pasaba a tener un tono filosófico y existencial, a adquirir uno en donde sus explicaciones terminaban conjurando bellamente la estética de los colores y las formas.

Si se pudiera acaparar lo mítico de sus creaciones con su memoria, el puente sería, sin duda, la compleja red que el Maestro tejió gracias a su profundo estudio y peculiar sensibilidad. Es por ello que Pedro Nel podría considerarse un artista íntegro: sus juicios no sólo se daban a través del lente de las formas y la policromía, sino también por medio de la reflexión crítica de la realidad de un país que nunca dejó de sorprenderlo.

Como suele suceder con los artistas innovadores, el Maestro fue, por allá en los años 30 y 40, un personaje cuestionado, criticado en especial por los más conservadores, quienes consideraban los desnudos de sus cuadros pura pornografía, cuando en verdad lo que el Maestro buscaba era mostrar la dinámica de un pueblo humillado en la lucha por su existencia.

Sin embargo, y según comentó el curador de la Casa Museo Pedro Nel Gómez en una entrevista para History Channel, Diego Arango, el Maestro pensaba que, con el paso de los años, su obra iba a ser comprendida en su justa dimensión, en el sentido de sus propuestas formales y artísticas y en la crítica que profesaba en sus creaciones contra los que ostentaban el poder sin responsabilidad social.

Es por ello que gran parte de su obra busca plasmar grandes acontecimientos históricos. Los temas de su creación artística fueron: las luchas populares, los grandes líderes y el trabajo y la dignidad del hombre.

Pinceladas de historia
Movido en principio por la pasión, este genio pudo haber vivido en cunas ilustres como Italia o Francia. Sin embargo, estableció sus convicciones en Colombia, y en especial en Medellín, en donde un gran número de sus obras se encuentran en sitios como la Universidad de Antioquia y la Nacional, así como en bancos y centros culturales. Por lo menos, el Maestro tiene 33 murales al fresco diseminados en ciudades como Bogotá, Medellín y Cali.

Pintor, arquitecto, muralista, urbanista, ingeniero y escultor, Pedro Nel nació en Anorí, Antioquia, en 1899, en el seno de una familia de mineros desterrada por la Guerra de los Mil Días. A sus 23 años terminó la carrera de Ingeniería en la Universidad Nacional de Medellín. Luego se trasladaría a Bogotá y un año después, en condiciones económicas difíciles, viajaría a Europa a estudiar sus grandes pasiones, el pintor holandés Rembrandt y el francés Cezanne, éste último considerado el padre del arte moderno y que muriera en 1.906.

En 1.925 obtuvo la oportunidad de ingresar a la Academia de Bellas Artes de Florencia, Italia, en donde estudió la complicada técnica del mural renacentista, y la producción de artistas del renacimiento italiano como Giotto di Bondone y Domenico Bigordi.

A principios de los años treinta Pedro Nel Gómez regresaría a Colombia junto a su esposa Giuliana Scalaberni y sus dos hijos Germana y Juliano. Pronto sería elegido como Director de la Escuela de Pintura del Instituto de Bellas Artes y profesor en la Escuela de Minas. Dos años después, expondría en el Salón Central del Capitolio de Bogotá 114 cuadros. Este hecho fue catalogado por Walter Engel, crítico e historiador de arte austríaco, y quien vivía por aquella época en Colombia, como una de las exposiciones más importantes de la primera mitad del siglo XX en el país.

Una de las primeras grandes series de murares las elaboró en el Palacio Municipal de Medellín. Fueron 11 sus creaciones que fueron denominadas “La vida y el trabajo”, y que demoraron 3 años en ser terminadas. Posteriormente sus trabajos se trasladarían a la Escuela de Minas de la Universidad Nacional, al Banco Popular y el Banco de la República. Luego de más de 30 años, el Maestro tenía 2 mil metros cuadrados en murales, y poseía ya más de 700 acuarelas.

La casa del Maestro
El espacio en donde se conjuga el pensamiento y la obra de este hombre, es sin duda su Casa Museo, ubicada en Aranjuez, en el nororiente de Medellín, fundada en 1.975 por él mismo. Óleos, acuarelas, dibujos, esculturas y murales, en total son 3.006 obras las que pueden ser apreciadas gratuitamente allí. Otro elemento a destacar es la colección de más de 2 mil libros y cerca de 5 mil documentos que hablan sobre la vida y obra de quien ha sido considerado por los expertos como uno de los tres muralistas más importantes del siglo XX en Latinoamérica, junto a los mexicanos Diego Rivera y David Siqueiros.

¿Y qué pensaba el Maestro del arte? Pedro Nel decía que un artista, uno verdadero, debía buscar las raíces de sus orígenes, y para ello era necesario realizar un estudio profundo de la realidad. Según contó en entrevistas, a menudo se sentía triste al ver como las futuras promesas del arte nacional terminaban imitando a artistas europeos. “Colombia es un país inagotablemente inspirador, de donde se pueden extraer temas profundos para el arte”, solía decir.

Al final de sus días, encerrado en su Casa Museo, sus deseos de crear no se vieron opacados. Clio Nel Gómez, hija del Maestro, suele atestiguar este hecho a menudo: “Recuerdo que incluso en su lecho de muerte él me pedía que le pasara el pincel y en una cucharita revolvía colores que luego se convertían en figuras en la asaba de la cama”.

En fin. El reconocimiento de Pedro Nel fue tan grande, que el poeta chileno y premio Nobel de literatura, Pablo Neruda, alguna vez afirmó: “Creo que la obra de Pedro Nel Gómez es un paso hacia las interpretaciones de nuestra América. Si junto a los muralistas mexicanos tuviéramos en cada uno de nuestros países un Pedro Nel Gómez, el mapa espiritual y material de América habría llegado a una existencia en el tiempo”. Y no sólo por esto ha sido llamado el pintor de la patria.